Técnicas de masaje relajante: las que usamos en Evy Spa

Todo empieza con un mensaje de WhatsApp, normalmente corto: "Hola, ¿tienen hueco mañana por la tarde para un masaje relajante?". Lo que viene después de ese mensaje —los sesenta minutos sobre la camilla— suele vivirse con los ojos cerrados, así que casi nadie sabe qué está pasando exactamente ni cómo se llama cada cosa que hacen las manos del terapeuta. Este artículo es eso: una sesión de masaje relajante en Evy Spa contada minuto a minuto, técnica por técnica, desde el lado de quien la da. Porque entender lo que ocurre no le quita magia; al contrario, ayuda a soltarse antes y a sacarle más partido.
Minuto 0: el masaje relajante empieza antes de la camilla
Llegas al Takuma Boutik Hotel, en el centro del pueblo, y lo primero no es la camilla: es una conversación de un minuto. ¿Dónde acumulas tensión? ¿Prefieres presión más suave o más presente? ¿Hay algo de salud que debamos saber? Parece trámite, pero es la técnica número cero: un masaje relajante bien dado se adapta a cada espalda, y esa espalda nos la tienes que contar tú. Luego la puerta se cierra, el ruido de la calle y de los motoconchos se queda al otro lado, y el reloj deja de importar. Boca abajo, luz baja, música apenas presente.
Minutos 1–10: los roces largos (effleurage)
Lo primero que sientes es el aceite —trabajamos con aceites naturales de mango, almendra o rosa mosqueta— y, enseguida, las manos completas deslizándose por toda la espalda en movimientos largos, lentos y continuos. Esto tiene nombre francés, effleurage, y en la escuela se traduce como "roces largos". Cumple tres funciones a la vez: reparte el aceite, calienta el tejido y, sobre todo, le anuncia al sistema nervioso el ritmo de la próxima hora. Es deliberadamente hipnótico. Aquí es donde la respiración empieza a bajar de marcha sin que nadie te lo pida; desde fuera, lo notamos antes que tú.
Minutos 10–25: el amasamiento (petrissage)
Con el cuerpo ya en temperatura, las manos cambian de gesto: dejan de deslizarse y empiezan a amasar. El petrissage es exactamente lo que sugiere la palabra: el músculo se levanta, se comprime y se suelta con suavidad, como quien trabaja una masa blanda, primero en los hombros y trapecios, luego bajando por la espalda. Es la técnica que más trabajo hace contra la tensión acumulada, y la que produce ese alivio tan característico de "no sabía que tenía eso ahí". En un masaje relajante el amasamiento nunca llega a doler —esa es la frontera con el masaje descontracturante—; si algo molesta, se dice, y se ajusta al momento.
Minutos 25–35: fricción suave y presión sostenida en cuello y hombros
Ahora el trabajo se vuelve pequeño y preciso. Con las yemas de los dedos, el terapeuta dibuja círculos lentos en los laterales del cuello, la base del cráneo y el borde de los omóplatos: es la fricción suave, pensada para las zonas donde la tensión se concentra en puntos concretos. Cuando encuentra uno de esos puntos —y en quien pasa el día frente a una pantalla, o acaba de bajarse de un vuelo de nueve horas, siempre hay alguno—, aplica presión sostenida: una presión constante, mantenida varios segundos, que se libera muy despacio. No se fuerza nada; se le da tiempo al músculo a rendirse por su cuenta. Esta parte de la sesión es la razón por la que el masaje enfocado en la parte alta es de lo más pedido de la casa; tanto, que le dedicamos una guía entera al masaje relajante de espalda y cuello.
Minutos 35–50: piernas, brazos y los movimientos envolventes
La segunda mitad de la sesión abre el plano: piernas, brazos, pies si lo quieres. Aquí mandan los movimientos envolventes, maniobras amplias en las que las manos abrazan toda la extremidad y la recorren con presión uniforme. Su función es integrar: que el cuerpo deje de ser una colección de zonas trabajadas y vuelva a sentirse una sola pieza. Es, estadísticamente hablando, el tramo en el que más gente se queda dormida. Nos parece perfecto: dormirse en la camilla no es mala educación, es el sistema nervioso firmando que el trabajo está funcionando.
Minutos 50–60: el cierre, de vuelta a los roces largos
Toda sesión termina como empezó: con effleurage, los roces largos y lentos de los primeros minutos, ahora sobre un cuerpo completamente distinto al que se tumbó. Es la manera de cerrar el círculo y de despertar el cuerpo con delicadeza. Después, unos minutos sin prisa para volver en ti, agua, y la calle otra vez —que curiosamente suena menos fuerte que cuando entraste.
La clave de todo lo anterior, por si hay que resumirla en una frase: en el masaje relajante la técnica importa, pero el ritmo importa más. Suave, lento, constante. Cualquiera de estas maniobras hecha con prisa deja de funcionar.
Tres gestos de automasaje para llevarte a casa
Entre sesión y sesión, hay tres gestos sencillos que ayudan a mantener la tensión a raya:
- Cuello: con las yemas de los dedos, círculos pequeños y lentos a los lados de la nuca, subiendo y bajando, durante un minuto.
- Hombros: cruza una mano hacia el hombro contrario y amasa el músculo con calma, alternando lados.
- Manos: presiona con el pulgar la palma de la otra mano, del centro hacia los dedos. Alivia bastante más de lo que parece.
Son buenos parches, y los recomendamos de corazón. Pero seamos francos: uno no puede darse a sí mismo un masaje relajante, entre otras cosas porque relajarse y trabajar a la vez es una contradicción. La diferencia con una hora entera en manos de un profesional no es de grado, es de categoría.
Si quieres el contexto completo del tratamiento —cuándo conviene, en qué se diferencia de otros masajes— está en nuestra guía sobre qué es un masaje relajante. Y si prefieres saltarte la teoría y pasar directamente al minuto 0, ya sabes cómo empieza todo: un mensaje corto por WhatsApp. Los detalles y duraciones del masaje relajante están en su página, los precios en la carta, y el resto de modalidades en nuestra carta de masajes.


